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¿Qué es el neoliberalismo? ¿Y cómo afecta a las personas, en su vida cotidiana, el orden socio-económico actual?

Domingo, 25 de Septiembre de 2011 23:26

Por Araceli Colín

El orden socio-económico nacional y mundial pareciera no tomarse mucho en cuenta cuando se trata de considerar el sufrimiento de las personas desde una perspectiva psicológica. Como si fuera un asunto sólo de su historia, de su familia, o de su actitud ante la adversidad. Pero hoy en día la complejidad de este orden mundial que es llamado “neoliberalismo” ha producido nuevas manifestaciones psicológicas a gran escala, que son visibles por todas partes. No sólo se trata de la violencia de nuestro país, sino que vemos que existen disturbios sociales y subjetivos producidos por muy diversos factores que indudablemente están interrelacionados.

El llamado neoliberalismo, según afirman algunos autores como Dany R. Dufour (Le Divin Marché, 2007) es un nuevo orden económico mundial que se ha manifestado drásticamente en las últimas décadas, aunque comenzó a gestarse con la Revolución Industrial. Se rige por una lógica cuya premisa básica es El máximo beneficio económico para unos cuantos al mínimo costo, en perjuicio de millones de personas.

Entiendo por lógica una ruta de pensamiento y de acción que regula las relaciones entre las personas. En esa lógica yacen dos valores básicos en oposición: el dinero y los seres humanos; el dinero tendrá la máxima importancia y los seres humanos estarán al servicio de ese valor incluso al precio de su vida. Desde luego que eso no es nuevo, dirá el lector.

Sin embargo, la forma de producir riqueza en serie sí marcará una diferencia significativa con otras etapas de la historia. La mercancía irá ocupando un lugar central en esta lógica y la saturación de mercancías comenzará a dialogar de una manera muy distinta, con los seres humanos, de lo que había ocurrido en otros tiempos. Nunca como hoy la mercancía se ofrece para alcanzar la felicidad, el supuesto estado perfecto y el éxito en contraste con una inseguridad laboral creciente y con cifras de desempleo de millones de personas. En nuestro país, en menos de cuatro años, se incrementó la cifra absoluta de pobreza en cinco millones de ciudadanos.

Hemos asistido recientemente a cambios muy abruptos en las economías de los países, en sus formas de gobierno, en la ecología, en las manifestaciones masivas de descontento, en los crecientes estallidos de violencia por este orden económico mundial en diversos lugares del mundo. Los desastres ecológicos los produce la excesiva fabricación de mercancías que sólo tiene por fin el consumismo. Pues si el ser humano siempre contamina su entorno físico, en la era de la mercancía esto ocurre al máximo.

Como el orden económico mundial privilegia el dinero por encima de todo, y este orden se globalizó, quienes deciden cómo serán las economías de los países en desarrollo son los países poderosos; en el caso de América Latina, quien dicta esas políticas es Estados Unidos. Los monopolios monopolizan cada vez más e imponen sus reglas a los competidores o literalmente los desaparecen del mapa.

La ley del más fuerte en la economía incide sobre los gobiernos y produce grandes contradicciones en el ejercicio de su soberanía. Esta desigualdad en la competencia del mercado mina todo intento de realizar la equidad ante la ley. Pues el que más tiene negocia siempre para sacar el máximo beneficio para impulsar una ley que les favorece o inhibir otra que les haría erogar dinero y pérdida de ganancias.

Al estar la ley a merced de estas tensiones mercantiles, su valor simbólico declina. Se deciden los futuros de millones de seres humanos en esos países poderosos, pero a sus habitantes se les vende la idea de que son libres, independientes, felices y autónomos con el poder de una firma en una tarjeta de plástico. La devastación simbólica producida por la declinación de la ley se expresa de muchas formas: una de ellas es la impunidad, pero también la dificultad de que la palabra tenga función de tercero para regular los conflictos entre los seres humanos.

La palabra pierde peso, sea en los discursos políticos, sea en un acuerdo entre proveedor y cliente, o sea entre padres e hijos. El lenguaje sufre muy diversas alteraciones tanto en su sintaxis como en su papel generador de sentidos nuevos. Pues una tendencia mundial es el borramiento de diferencias que eran propias de los significantes de la lengua, diferencias entre lo público y lo privado, lo legal y lo ilegal, lo incluyente y lo excluyente, entre ciudadano y consumidor, entre violencia y “daños colaterales”, etc.

El pacto simbólico estará siempre amenazado por una negociación más ventajosa trazada por los gobiernos, donde se corrompe la ley, con “arreglos” económicos, al beneficio del más fuerte. El lenguaje pierde entonces su valor de referencia para ocupar ese lugar el señor Don dinero. Este cambio tiene consecuencias muy grandes, pues pervierte las relaciones humanas y afecta la soberanía de los pueblos.

La noción de “consorcio” se vuelve el “modelo” de organización y se quiere imponer este modelo a instituciones que no tienen nada que ver con una empresa. Todo se quiere vender. Los mercados negros pululan para todo tipo de productos. Hoy se venden los saberes y pueden circular separadamente de las personas, como señaló Jean F. Lyotard, quien advirtió que este fenómeno tendría grandes consecuencias, pues declinarían los saberes de la tradición oral y aquellos que no pudieran mercantilizarse, en beneficio sólo de aquellos saberes que pudieran circular de manera cibernética.

Con el neoliberalismo caen los grandes metarrelatos que configuraban utopías y esto es de grandes repercusiones, pues un pueblo sin utopía es un pueblo inmovilizado, salvo para el consumo y con la imaginación amputada.

Decía Jacques Lacan que cuando la palabra dimite comienza la violencia. En lo sucesivo la amenaza es que dominen los pactos perversos, donde prevalecen el saqueo, el robo y la extorsión del otro. Éste es el discurso de amo. Dice Chomsky que estos países poderosos han buscado imponer una noción de democracia acorde a sus fines. Se espera que en lugar de ciudadanos, que exigen sus derechos, haya consumidores espectadores y obedientes. Y que todo aquel país cuyo comportamiento no garantice el enriquecimiento de los países dominantes será combatido.

Se globalizó la lógica de este discurso del amo y también la violencia. Cuando la vida se ve amenazada y las personas pierden el soporte que tenían para vivir –y eso ocurre a gran escala– también ocurre a gran escala el sufrimiento subjetivo.

La noción de violencia es muy amplia, no se reduce a la violencia familiar física o verbal. El trabajo psicológico, psicoanalítico y psiquiátrico tiene que ver con ese sufrimiento que el neoliberalismo deja como el paso de un tsunami. Sólo que el tsunami pasa y el neoliberalismo no. La complejidad del tejido de estas tramas no se puede entender ni atender desde una sola disciplina.

Realizar una práctica clínica con otro ser humano sin este horizonte de las determinaciones sociales del sufrimiento es empobrecer la lectura de los problemas e ideologizar la intervención, cuando no callar al otro con pastillas para que la angustia o la depresión le deje dormir. Así se masifica también la respuesta al sufrimiento y se vuelve a poner al ser humano al servicio de otra mercancía.

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